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No todas las palabras provienen de mí
eso lo comprendo
y lo compruebo
cuando de madrugada
escucho una voz
de profunda tesitura
susurrando un poema en mis oídos.
Habitualmente lo escribo
entre lágrimas
y dolor en mi alma,
luego cierro mis ojos
y finjo estar dormido
pero el poema liberado
camina en mis entrañas.
La poesía duele aunque es un descanso
y su diario uso es inminente.
Es un traje,
por ello se le llama hábito
como viste el sacerdote
así lo hace el poeta
con un hábito de charol

Uno toma cordero y cuchillo
otro toma papel y pluma
ambos acuden a la palabra
y a través de un profundo ritual
pasan al holocausto
así realizan un servicio
con el anhelo sempiterno
de agradar a su Creador
o liberarse de sus imperfecciones
ambos esperan de su ofrenda un olor grato
Por ellos la plegaria viaja
hasta los atrios celestiales
y Dios al oírla envía su respuesta.
El sacerdote la recibe en visiones
y alaba en el templo
El poeta igualmente,
(aunque a veces son susurros)
y se asoma en la ventana
en busca de plenitud
pero no logra ver algo distinto
a la palabra.

Melvin Quintero

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