Discurso Herido



Discurso Herido


En esta ocasión no hablaré en mi nombre,
ni en nombre del sabio.
Lo haré en nombre de la conciencia,
de la culpa, de la cavilación, del sentir...
quizá lo haga en nombre de la esencia humana
junto a la cual habito.
Pronunciaré un Discurso Herido,
un peregrino implorando al perdón
acentúe sus palabras.
Postrado sobre espinas
suplica a la ira marcharse
y trata de disipar la llama de la intolerancia
rociando agua dulce, agua clara, agua viva.
Hace duros reproches a la paciencia por su agotamiento
aunque en ocasiones opta por aceptarla.
A la vanidad, mi pueril vanidad, la abandona
a las puertas de la ciudad, a su suerte,
sin dolor alguno.
Ocasionalmente en su abatida romanza
se oye a lo lejos una frase de cortesía:
“Alabaré la bondad,
no mi bondad, mas el anhelo de encontrarla.”

Durante el acto cavilo el motivo de la huída
de mis benignos sentimientos ante esta triste efigie,
si paradójicamente ansío su florecimiento y deseo verlos
proliferar allí,
en aquel lago rojo, donde la vida se expande y se
contrae
alimentando el sentido y el sentir.
Actualmente me dispongo a pronunciarlo.
No te impacientes pues serán pocas mis palabras
y cortas mis frases :
“Endeble es el gemido del hombre emotivo,
el de entendimiento distraído por palabras;
es cierzo golpeado por los labios,
lágrimas negras encadenadas al papel
escapistas de la mandíbula de un virtuoso,
quien desea la respuesta de su compresa rocosa
y recibe el sobresalto del reflejo de su llanto.
Endeble es su destello, muy tenue,
pero visible al fin.

En busca de un contraste se halla en una mina de
grafito,
en un lugar recóndito de un bosque innato,
danzando en la clara niebla al compás de su melodía
filantrópica,
ordenada literalmente en una metáfora:
“Palabras, versos
odas, líricas,
expresiones y
misterios de un
alma elevada”
Su labor, desarrollar opúsculos de dicción deferente,
le convierte en histrión inconforme
deseando abstraerse de sí mismo.
Náufrago de un idílico mar oscuro, espera...
sólo sal y huesos se encuentran a su alrededor.

Muerde lamentos honestos
y la espina de una rosa aguarda su pié
al lado de su lecho.
Endeble es su clamor,
encubierto su reproche,
difícil su caminar,
la cadencia de sus pasos
desata su aforismo:

“No sólo son letras encadenadas las responsables del
enunciado,
es necesario cohabitar y llegar a un acuerdo con mi
afable
y en ocasiones rebelde reflejo,
de este acto emerge el verdadero intérprete
o quizá la verdadera metáfora.”

Melvin Quintero

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