Alumbramiento
Alumbramiento
Recuerdo la fecha, 27 de julio, mas no recuerdo el
año. Aquella noche trataba de hallar respuestas a
mis variadas interrogantes y buscaba en ellas
acompañar mis soledades tristes y frías, prisioneras
de una cárcel de muy finos barrotes conocida por al
menos la mayor parte de nosotros. Sentía una
asfixia en medio de mi aliento, entrecortando mis
plegarias. Sumaba lágrimas a mi llanto, y por un
momento pensé ver la lluvia entrar por la ventana.
Estaba en la biblioteca, todos en casa dormían a
excepción de aquellos músicos nocturnos de
natural esencia, quienes apenas comenzaban su
rutinario concierto. Era una noche bucólica e
íngrima. Cerré mis ojos y luego de una honda
cavilación en torno a la vida, me percaté de los
árboles. Me puse de pié, y en medio del miedo
manifestado en mi ser, mis ojos experimentaron el
más hermoso espectáculo al cual se hayan
enfrentado jamás. Me encontraba en el bosque de
sauces.
Había una persona. Era un anciano quien,
sosteniendo un libro en su mano izquierda, estaba
frente a mí, observando mi perplejidad.
Increíblemente no sentí temor, sin embargo miré
alrededor con el fin de defenderme o huir (cuanto
fuera necesario hacer, allí valoré un poco más mi
vida). El anciano dijo: “Has llegado a los Sauces de
Milo, has despertado la palabra.” Cuando alcancé a
reaccionar le pregunté -¿Quién eres?- “El mentor,
quién te ha dado iluminación, -dijo- esperaba tu
llegada, pues mis trazos más recientes han caído
entre tus lágrimas y otras tantas mis palabras
pernoctan en tus más profundos pensamientos,
aunque es la propia esencia la cual lanzas sobre la
nieve para luego olvidarla”. Estaba impactado y
ofrecí mis más sinceras disculpas. “No reprocho el
libre desarrollo de tus actividades -dijo-, sólo te pido
recuerdes mis enseñanzas en todo tiempo.
Escríbelas no solamente en el papel, sino entre tus
latidos, ahora camina el bosque y encuentra tu
propia alma”.
Desperté.
Allí nació el poeta.